30 AÑOS EN TECHO AJENO
Está metida más de una vida en un hogar ajeno. Desde los 10 años de edad, vestida con una pequeña pollera y un mandil de cocina, Dionicia creció y se hizo adulta con el mismo rol que su familia le asignó hace 30 años, la empleada doméstica.
Muchos años antes, en su propia casa, la de los Huanca ya no había un sólo espacio ni para respirar. Habitaban 14 personas: el padre, la madre y 12 niños (cinco niñas y siete varones) que sobrevivían en un espacio que era todo al mismo tiempo: cocina, dormitorio y comedor.
Dionicia, la tercera de las niñas, desde muy pequeña vio en esa habitación de cuatro por cuatro el calvario que sufrieron los más desnutridos de sus hermanos, la muerte de tres de los niños acompañados con el diagnóstico del padre: las calenturas y diarreas. Luego la resignación.
Los padres, campesinos de la comunidad Capiri, en la Provincia Los Andes de La Paz, se dedicaban al trabajo del campo, al cuidado de los animales, ovejas y dos vacas, además del cultivo de papa. La comida era muy escasa y los ingresos también, como en muchos otros hogares del altiplano, el hambre de los niños sobrepasaba la fortaleza hasta de los más desarrollados.
Por esas necesidades en el hogar, el padre de Dionicia la empleó a sus 10 años como doméstica en una casa de la ciudad de La Paz. “Extrañaba mucho a mis hermanos y al comienzo sufría por el cambio, no me acostumbraba, pese a que la señora es muy buena”. A sus 40 años, Dionicia, quien mantiene su trabajo en esa casa, recuerda que hasta los 15 años de edad, su papá cobraba el sueldo de la joven y que después logró su independencia económica para tener después el objetivo de ahorrar.
Doña Dionicia trabaja ocho horas en la casa donde la acogieron desde niña y a partir de las cuatro de la tarde se instala en su kiosco vendiendo fruta, dulces y chambritas de bebé, para ayudarse en los gastos de la casa. Sus hermanas tuvieron los mismos destinos, son comerciantes y sobreviven con ingresos menores al sueldo básico, 450 bolivianos.
Madre de dos hijas, una que terminará el colegio este año y la otra estudiante de medicina, Dionicia tiene la certeza de que el futuro de sus hijas será mejor porque estudian. “Yo no estudié, apenas leo y escribo, pero para mis hijas quiero una profesión. Y todo es con sacrificio. A mis hijas les he enseñado a cosechar la papa, la cebada, pero lo principal es que estudien para ellas mismas, para que no sean empleadas domésticas”.
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