CON LA INCERTIDUMBRE A CUESTAS
Miriam está desolada. De muy mala manera ha sido echada del local que alquilaba para que funcione su peluquería en Los Pinos y ahora está instalada precariamente lejos de sus clientes, amigas y confidentes, casi todas ellas de la tercera edad. Ha puesto un letrero en una tienda vecina, indicando su nueva dirección, pero son muy pocas las personas que ahora requieren de sus servicios. Ella teme que las ocho cuadras que la separan del antiguo local sean una distancia insalvable para sus amigas.
Con cerca de 50 años encima, 25 de peluquera con formación técnica especializada, ahora se cuestiona si vale la pena seguir en esta actividad o tratar de emigrar a España o Estados Unidos, donde antes realizó algunos cursos que le hicieron ganar experiencia, buen dinero y mejores clientes.
Su trabajo le ha permitido, hasta ahora, criar bien a sus dos hijos, que ya son universitarios, dice con orgullo. También le ha permitido contribuir al sano crecimiento de su nieto de dos años. Claro que para ello tuvo que trabajar de lunes a lunes, de ocho a ocho, sin domingo ni feriados, sin aguinaldo ni vacaciones. Sólo en el último año, se dio el lujo de descansar los domingos. “También tengo derecho a disfrutar un poco de mi nieto”, dice a modo de disculpa.
Encerrada en las cuatro paredes de su nueva peluquería, Miriam extraña la canchita y los árboles que estaban al frente del anterior local y sigue llamando por teléfono a sus clientes, amigas y confidentes, que seguramente, como ella, están también echando de menos un buen corte de cabello, la manicure, los rulos y la buena charla.
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