COLGANDO SUEÑOS

En la familia Choque Cachi la mayoría son mujeres. Los días de sol en el patio trasero de la casa de adobe de Ovejuyo, cuelgan en los alambres las polleras, uniformes, jeans, faldas y todo trapo útil que, a modo de reunirse, las cinco mujeres remojan, lavan y enjuagan toda la ropa familiar en los bañadores de lata.

En esta casa de dos cuartos, durante varios años las mujeres se reunían y charlaban mientras lavaban la ropa de los hombres y después de ellas mismas. En un tiempo aumentaron los pañales colgados en los alambres, pero también desde hace tres años que sólo se utiliza un  bañador y en los otros tres habitan las arañas. Casilda, Magdalena y Elizabeth Choque se fueron a buscar otros horizontes en sus vidas y ahora para lavar su ropa tienen que hacer turno.

En la Universidad de Vinto de Cochabamba, Casilda con sus 26 años y 8 de haber trabajado como empleada doméstica, ahora estudia para maestra por vocación, pero también “para asegurar un sueldo del Magisterio”. La joven alquila un cuarto de 50 bolivianos para vivir y en su cama por las noches teje chompas y mantas a pedido para pagar sus estudios.  

Doña Carmen, la mamá, después de varios años de padecer anemia crónica, hace unos meses se levantó de la cama, después de un baño de hierbas y otra de fe, con la idea de volver a aportar a los ingresos de sus hijas y la familia, vendiendo, en sociedad con su hija, las mantas de lana e hilo tejidas por las dos a un costo de 130 bolivianos.

Al comienzo del negocio doña Carmen y su hija Casilda vendían un promedio de cinco a seis mantas al mes. Buscaban clientes en los círculos de los amigos de la familia, de su congregación cristiana, de los vecinos, sus conocidos y así poco a poco fueron reduciendo las redes de venta con una demanda también pequeña.

La esperanza de la mujer de 61 años, es que el negocio del tejido sirva mínimamente para cubrir las necesidades de su hija mientras estudia en Cochabamba, “como empleada doméstica de vez en cuando, pero con el objetivo de ser profesional a futuro y ganar mejor”.

De las tres, Magdalena de 24 años, gestionó una beca para estudiar medicina en Cuba y gestionar también, dice su mamá, el pasaporte para mejorar sus condiciones de vida. “Como doctora mi hija puede ganar más dinero y además ayudar a toda la familia a cuidar nuestra salud y curar nuestras enfermedades”.

Elizabeth, la segunda, es la única que ya está ejerciendo su profesión. La primera vez que doña Carmen la vio con su uniforme verde olivo de la Policía, lloró inconsolablemente: “mi hija luchando con la delincuencia (…) mi pequeña hija ya es una mujer” y cuando la destinaron a Santa Cruz, la mujer no durmió durante varias semanas. Ahora otra vez quiere su traslado a La Paz, no sólo porque la extraña sino porque es consciente de que los índices de delincuencia en Santa Cruz son más altos. “Y mi hija trabaja en el Plan Tres Mil y por un sueldo bajo está viviendo en el peligro”.

La menor, Vilma “está en la edad del burro”, dice doña Carmen. “Este año termina el colegio y está muy indecisa, un rato dice que quiere estudiar agricultura, pero otro rato que quiere irse a trabajar a Chile de lo que sea”. Para Carmen todos los sacrificios para que estudien sus hijos, no sólo las mujeres sino los dos hombres también (un estudiante de la Normal y otro policía) “serán bien recompensados cuando ellos mejoren sus condiciones de vida, que sus hijos coman mejor que nosotros y no sólo cebo y chuño”.

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