OPINIÓN: DESPUÉS DE HUANUNI
Víctor Orduna*, especial para Econoticiasbolivia.com
La Paz, octubre 11, 2006.- Decir que Huanuni es "otro octubre negro" -como insisten Unitel, El Mundo y otros medios carroñeros- es tan infame como pretender disculpar la muerte en tiempos de Evo. Los muertos son muertos, indistintamente del Gobierno. Y aunque esto no tiene nada que ver con el octubre terminal del gonismo, es innegable que después de Huanuni nada será igual para el Gobierno y para el país.
Ante la mina convertida en camposanto a cielo abierto toda la retórica contra el neoliberalismo y el imperialismo se marchita. Los mineros, cooperativistas o asalariados, son los mismos; iguales en piel y en miseria mineral. Matándose los unos a los otros sin que, en apariencia, medie el imperio o el modelo. Cuando creíamos conjuradas las muecas del espanto de los últimos años, los ataúdes vuelven sin saber esta vez quién los manda para imponerse en tiempos de Constituyente recién instalada, de frescas elecciones, de indios mirando de frente y de Pachacutis anunciados.
La muerte irrumpe ante un Gobierno aturdido, incrédulo y en parte responsable por negligencia u omisión. Y Evo se pregunta cómo pudo haberle sucedido algo así, para responderse a sí mismo recurriendo al desconcierto: "No puedo entender cómo nuestros compañeros mineros que eran la vanguardia del pueblo se enfrentan, en vez de ayudarme a luchar contra el neoliberalismo". En otras palabras: ¿cómo entender Huanuni en el transcurso de las luchas sociales que nos han llevado donde estamos?
El conflicto social boliviano ingresa, con Huanuni, en otra dimensión. Los que aspiran a la guerra civil como solución nacional tienen suficiente sangre derramada para frotarse las manos. Los que otrora fueran los heroicos mineros convertidos en cooperativistas por el 21060 y capaces de cercar el gonismo decadente, ahora son "villanos" que empuñan la dinamita contra la memoria fantasmagórica de la minería estatal. Invocaciones a la sangre en la superficie y millones de dólares en estaño bajo tierra. Tras la polvareda de las detonaciones se disputa el control de los yacimientos del cerro Posokoni y de las acciones residuales del último intento fallido de modernidad minera en la región: Allied Deals.
rente a la magnitud de la tragedia, la renuncia de Villarroel y el cambio de fichas en el ajedrez político circunstancial (el entronque de los representantes del cooperativismo por los de la minería estatal) son casi intrascendentes. Para la derecha ansiosa (ahora tan comedida y apesadumbrada en sus declaraciones) el conflicto no podía ser más oportuno puesto que reventó desde dentro, en las manos mismas del Presidente, en su tierra natal, en las recámaras de Palacio donde la coca incordia el mármol. Y además todo por inoperancia propia, sin que nadie tenga que ensuciarse las manos.
Ahora, en los entretelones del poder, se impone la moderación y la espera a que los muertos, recién enterrados, maduren para la cosecha política. El Gobierno de la nacionalización de los hidrocarburos y de la reforma agraria no supo qué hacer con las minas, es decir, con la memoria mineral del país. Pacientemente, la sombra de Huanuni se irá alargando para perseguir al Gobierno por siempre más.
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