BOLIVIA RIFA SU CAPITAL HUMANO EN LA CALLE

En las áreas rurales y urbanas de Bolivia, a miles de niños y niñas se los ha tragado el círculo laboral de la pobreza. Cada vez son más diversos los oficios que desarrollan, expuestos a enfermedades, accidentes y constantes peligros como la primera borrachera de clefa o tiner que los arroje, sin regreso, al mundo de la delincuencia

Vania Solares Maymura

La Paz, abril 16, 2007.- A un ritmo frío, niños y niñas bolivianos se deslizan por el resbalín de la pobreza a la tragedia. Frente a un reloj que muestra los cinco grados centígrados en estas madrugadas, entre que se van las lluvias y llega el invierno, la Plaza San Francisco (en pleno centro de la ciudad de La Paz ) ya expone las decenas de oficios que inocentes del siglo XXI han encontrado para vivir, pero con el contingente de pobres.

A estos niños se los ha tragado el círculo laboral de la pobreza. Una realidad que comienza a los cinco años, con la venta de unas cuantas bolsas de nylon, dulces, o cualquier otro producto o artículo, no más de una docena en el piso, con un capital de cinco bolivianos (menos de un dólar) y termina en otra esquina tan fría y tan pobre como en la que muchos duermen la resaca de la clefa, el tiner o el tirillo, en el mundo de la delincuencia.

Drama social

Miriam Farfán, investigadora de la Defensoría de la Niñez Internacional-Bolivia , con más de veinte años de trabajo en la problemática infantil de nuestro continente, dice que no sólo hay más niños y niñas que se han incorporado al mercado laboral en Bolivia, principalmente informal, sino que también los oficios que cumplen y los peligros a los que se exponen y son expuestos son más diversos.

Pero a eso no resume este drama social, Miriam analiza que un gran porcentaje de estos pequeños de la calle que llegan a los 15 años, edad en la que concluyen el ciclo socio familiar, pasan al de la delincuencia.

Destino en tres ciclos

Muchos de los niños con los que trabajó hace algo más de una década han muerto en el mundo del hampa, otros volvieron a su confesionario para hablar de sus tres o cuatro separaciones, de sus hijos y de la misma frustración con la que vivieron sus padres. Todos han cumplido y cumplen esa suerte de destino, que la sicóloga lo explica en tres ciclos.

La de los cinco a seis años, etapa en la que empiezan a trabajar pero con la supervisión de la madre, en la mayoría de los casos. Venden pequeñas cosas alrededor del puesto de la madre y en consecuencia todo lo que gana el niño es administrado por ella.

En la segunda etapa, el niño ya tiene entre ocho y diez años y pese a contar con un pequeño capital (de cinco a diez bolivianos) prestado por la madre, la mayor parte de la ganancia es para satisfacer sus propias necesidades.

De los doce a catorce años, en la tercera, el niño ya se desvincula prácticamente del todo de la familia y empieza la etapa de supervivencia, vive sobre la delgada línea de la pobreza y la delincuencia.

Oficios

Las investigaciones de Miriam han establecido que estos niños de ocho a catorce años, en situación de pobreza, están dispersos en oficios que, en las ciudades, van desde lustrabotas, lavadores de autos, cargadores o carretilleros -como se les llama al gran contingente de ellos en Santa Cruz-, los vendedores de periódicos o canillitas, voceadores de minibuses, hasta los que trabajan como cerrajeros, mecánicos y carpinteros.

Según la investigadora, del grupo de los primeros, los que perciben mayores ingresos son los lustrabotas, entre 10 a 15 bolivianos diarios y los que menos los carretilleros, como máximo diez al día.

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