PATERNIDAD LEGÍTIMA Y PATERNIDAD ADOPTADA DEL CHARANGO
Rodolfo Henrich Arauz*
Washington DC , octubre 10, 2007.- Los instrumentos de cuerda llegaron a los reinos de México y El Perú con la Conquista. Entre ellos, la vihuela de mano que fue adoptando características propias en medio del tiempo histórico y de las distintas manifestaciones socioculturales propias de cada región del Nuevo Mundo. De aquello nos queda el cuatro, las guitarrillas, la jaranita, la jarana, la jorocha, el tiple, el socavón, el bandolín, el guitarrón, el charango, y otros. ¿Alguien se acuerda del dendeque?
Se dice que la palabra charango provendría de los vocablos “charanga” (Banda de música formada por instrumentos de viento y percusión) y “charanguero”. Según el Prof. Celestino Campos provendría de la voces quechua charaancu (tendón seco) y aymara chara ancu (tendón de la pierna), y la relaciona también con las palabras quechuas chajhuancu (ruidoso) y chajhuncu (alegre). El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española le concede, sin embargo, una etimología onomatopéyica.
Durante la colonia se dio en llamar charango a todo instrumento rústico cuya caja fuese del caparazón o concha de algún animal y hasta se dijo una vez que México fue la cuna del charango. Imprecisiones que enredaron la historia de este cordófono y que dieron lugar a más de una interpretación tan deformada como interesada.
No es tarea fácil determinar con exactitud el origen del charango aunque ciertas evidencias apuntan a la Villa Imperial como su cuna. Potosí, en el Siglo XVI, cosmopolita, con 160.000 habitantes y su incomparable opulencia en pleno apogeo de la plata no podría haber sido mejor escenario en el que el intenso y forzoso intercambio comercial y cultural produjera cambios y transformaciones en todo orden y tamaño. Y desde Potosí se extiende en el tiempo y la geografía hasta alcanzar una indiscutible universalidad.
Pero, en nombre de esa universalidad, los vecinos geográficos han adoptado de facto la paternidad del charango además de apropiarse indebidamente de otras expresiones culturales bolivianas. Lo exhiben como inherente a su propia historia y cultura disputándole a Bolivia su derecho patrimonial y lo ofrecen de regalo - lo hizo el Presidente de Chile Ricardo Lagos con Bono- como si fuese un instrumento de origen chileno. Y no es el único ejemplo. El Gobierno Argentino, hace ya varios años, le otorgó un reconocimiento al charanguista Jaime Tórres por “su aporte a la preservación del charango como patrimonio y la difusión de la música folklórica argentina”; Alberto Fujimori le obsequió a Bill Clinton en una visita presidencial oficial en la Casa Blanca un ekeko paceño como símbolo de la cultura peruana y, recientemente el Instituto Nacional de Cultura del Perú, ha declarado al charango como patrimonio cultural de la nación peruana respaldado, entre otras cosas, en el antecedente de que el Perú y el Alto Perú (hoy Bolivia) constituían una sola unidad geográfica, histórica y cultural.
La mayoría de las iniciativas, para por lo menos protestar por estas acciones, no ha salido precisamente de las autoridades llamadas a hacerlo sino de artistas y personas comunes y corrientes y de algunas entidades socioculturales, y esta historia se repetirá en tanto y en cuanto Bolivia no ejerza responsablemente su paternidad para con su extraordinaria riqueza cultural a través de políticas de Estado que se encuadren en la realidad y dentro del espíritu de lo adoptado en la 25ª Sesión de la Conferencia General de la UNESCO celebrada en París el 15 de noviembre de 1989, conferencia sobre la salvaguardia de la cultura tradicional y popular cuyo texto expone con claridad la naturaleza del tema y las recomendaciones que deben seguir los Estados miembros en su conjunto y por separado para la planificación y ejecución de programas y políticas de protección y preservación de la heredad cultural de los pueblos y la divulgación de los valores culturales tradicionales.
Contrasta la actitud de Violeta Parra quien acompañaba muchas de sus composiciones con un charango y lo presentaba orgullosamente como “mi charanguito boliviano”. Digno ejemplo de quien dejó como legado universal su “Gracias a la vida”.
¿Pero no seria acaso más justo que entre algunos países se estableciese una norma que les permitiera adoptar un instrumento musical o cualquier otra expresión cultural ajena como patrimonio intangible común o compartido, en tanto y en cuanto su difusión y expansión hayan superado todas las barreras y cumplan una misión de probada integración entre los pueblos, sin apartarse de los marcos del respeto y el reconocimiento expreso y específico de su origen e inspirados en la necesidad de fortalecer los lazos de amistad entre los pueblos mediante el valor integrador de la cultura?
No es padre quien engendra sino quien cría, dice un sabio aforismo. Bolivia debe pues ejercer una paternidad cultural responsable y legítima, con sentido de anticipación, en vez de que se le anticipen otros que, ejerciendo la paternidad adoptiva, le dan a la cultura la importancia y el valor que Bolivia, a pesar de sus importantes avances en la materia, aun no le ha sabido dar a carta cabal.
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